Enjuiciamiento mediático y carcoma en "la política"

Resumen

El diccionario RAE (Real Academia Española) presenta cuatro acepciones del término “carcoma”. En la primera, se trata de un insecto coleóptero que destruye por dentro la madera, a veces, con emisión de ruido perceptible. En la segunda se trata del polvillo que desprende, desde su interior, el material carcomido. El término se desplaza metafóricamente, en la tercera acepción, para significar la mortificación causada por una preocupación grave, e incluso en caso de sufrirse “comezón”. La significación de “carcoma” denuncia, por fin, a quien despilfarra un patrimonio económico. En el texto que sigue se explica como la tecnología puede entenderse, en cuanto corroe al mismo sistema político que la promociona, en analogía con el coleóptero que carcome la madera. En paralelo con la segunda acepción que presenta el diccionario RAE, la carcoma tecnológica genera un polvillo de innovación y emprendedurismo, que comienza a desprenderse de la superficie “política de Estado”, como señal del avance interno de la corrosión. La mortificación que aqueja a un maltrecho “sistema político” cunde, globalización mediante en tercer lugar, a través de “nuevos medios”, bajo una pluralidad de males (fake news apocalípticas, redes sociales incontrolables, escándalos mediáticos vergonzantes, denuncias de corrupción entre tirios y troyanos, encuestas de opinión pública fallidas). Un patrimonio representativo del sistema político viene, por último, a ser malgastado en aras de preservar el “grado inversor”, tecnología económica que carcome, a largo plazo, toda gestión sometida a pérdida global.

RAE, “carcoma”. Recuperado de: https://dle.rae.es/carcoma 

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Dos acepciones de “política”

La cristalización del término “política” que sostiene la expresión “la política”, confunde en una misma condición institucional tres elementos que integraban, con anterioridad a la 2a. Guerra Mundial, una misma comunidad nacional que los sostenía, pero también los trascendía: a) el Estado y sus poderes b) las creencias, ideologías y normas c) los partidos que representaban intereses diferenciados. El conocimiento de lo político podría considerarse latente, desde una perspectiva académica, en la expresión “ciencia política”. Cabe sin embargo, diferenciar la teoría que desde Maquiavelo consideró a la condición política infusa en el todo social e histórico, de la expresión “sistema político”, que a partir de la incorporación académica de la ciencia política en el campo universitario, cunde como insignia cognitiva, autorizada a mero título asesor y consultivo, de lo político.

Nadie entendería al día de hoy por “ciencia política”, la definición integral e integradora, en una misma totalidad, de Humanidad, Sociedad e Historia, que presenta Sabine en el prefacio a la primera edición de su magistral Historia de la Teoría Política, en 1937:

“La reflexión acerca de los fines de la acción política, de los medios de conseguirlos, de las posibilidades y necesidades de las situaciones políticas y de las obligaciones impuestas por los propósitos políticos, constituye un elemento intrínseco de todo el proceso político. Tal pensamiento evoluciona, junto con las instituciones, los órganos del gobierno, las tensiones morales y físicas a las que se refiere y a las que -al menos queremos creerlo así-, en cierto grado, controla. Así concebida, la teoría de la política no alcanza un fin en mayor medida que la política misma, y su historia no tiene capítulo final”.1

Las carreras de ciencia política son creadas, en las universidades públicas rioplatenses, recién en el curso de los años 1980 (UBA: 1986, UdelaR: 1989), pero incluso el más antiguo instituto académico dedicado a la ciencia política, la Ecole Libre de Sciences Politiques, fundada por Émile Boutmy en 1871, no se integrará al sistema universitario francés sino en 1945.2 La analogía entre las inscripciones universitarias de los campos académicos “ciencia política” y “ciencias de la comunicación” es sugestiva, ante todo, aunque no tan sólo, por configurarse tras el fin de la 2a. Guerra Mundial.

Esto está marcado, en primer lugar, por la relación entre la radio y la II Guerra Mundial, y luego por la propaganda política y las elecciones, utilizando esos medios de comunicación, y la utilización de la comunicación a través de la publicidad y la radio, principalmente la televisión, volviéndose medios hegemónicos de la sociedad en términos masivos.(…) Con el tiempo, esas escuelas originales de periodismo no son más patrocinadas por los barones de la prensa, sino por las propias universidades, donde a veces de los cursos de psicología salen cursos de comunicación con un énfasis “psicologizante” muy fuerte”.3

En los dos casos se presenta un mismo desideratum sistémico: tanto el de conformar un campo de objetos específicos, explicados por una región de conceptos propios, como el de articularse rigurosamente a un exterior disciplinario específico, en cuyo contexto se configura un quehacer profesional supra-académico (los medios de comunicación, las instituciones públicas):

Antes de aventurarnos a delinear una historia de la ciencia política “como tal” y que lo sea realmente, se requiere que la ciencia sea “ciencia” y que la idea de ciencia converja de forma significativa con la idea de política…)”.4

El fraseo de la última cita incluye dos elementos característicos del saber en la 2a mitad del siglo pasado, de forma que inciden por igual, tanto en la inscripción universitaria de “Ciencia Política” como en la de “Ciencias de la Comunicación”:

a) la autonomía conceptual de la ciencia, que se erige en ciencia ante sí misma b) mientras por otro lado, la misma ciencia converge en su idea con la idea de política. Por consiguiente el saber es autónomo ante la política, pero cuenta asimismo, con la capacidad de participar de la política (por la convergencia “de idea” entre ciencia y política). Inversamente, la política “en su idea” puede sostener (ante todo presupuestalmente) la idea que es inherente a la ciencia, particularmente a través de la fabricación de disuasión (nuclear) y la competencia en la carrera espacial.

En la conjunción entre la fabricación y la competencia, surge el proyecto de la tecnología, extendido más tarde a través de innovación y “emprendedurismo”. Tal conjunción entre industria del saber y gerenciamiento empresarial irá subordinando paulatinamente, en un aparato de produccióncomoconocimiento (“capitalismo cognitivo”),5 a la ciencia otrora transformadora del mundo en un “nuevo” (y supuestamente mejor) Orden. Hoy nadie se acuerda del Orden, no ya del Nuevo, ni siquiera del Orden de la Naturaleza como tal (Humanidad incluida), de cara a la carrera armamentista, a la proliferación de campos de refugiados y a los contingentes de emigraciones compulsivas.

Política, mediación y mediatización

El contexto de la pandemia de Covid-19 nos dio, en el caso de Uruguay, un excelente ejemplo de la integración sistémica de todos los sectores del saber y del conjunto de los aparatos sociales. El Grupo Asesor Científico Honorario (GACH) no sólo reagrupaba a distintas disciplinas científicas (matemática, informática, biología, medicina, e incluso aunque de forma secundaria y tardía, a algunas disciplinas sociales), sino además, tanto al aparato de Estado (que lo constituía y al que asesoraba), como a las empresas privadas de comunicación que proveían la incorporación pública de las conductas predicadas por el mismo GACH.6

Esta integración comunitaria del saber disponible no se sostenía en la soberanía popular (a tal punto que llegó a instituirse la postergación de comicios nacionales), sino en la tecnología articuladora de saberes pluridisciplinarios y de múltiples profesiones. Tal grado de integración en la disimilitud se explica en razón de la informatización del saber académico, que lo concentra en el procesamiento de datos (incluso en el campo de Humanidades Digitales), al tiempo que habilita en base a una misma logística artefactual, la extensión a la comunicación (masiva e interactiva) entre el conjunto de la población. Confinado en artefactos de gobierno cibernético, el conocimiento promueve la entropía social,7 en cuanto el código informático-digital que procesa la acumulación, el tratamiento y la difusión de datos, se encuentra desprovisto de significación natural (ante todo para una lengua nacional-idiomática). Según la fórmula de Igarza, los “nuevos medios” (es decir, las TICS) comportan “la mediatización del sentido y la mediación de las interacciones”.8

La antigua mediación a través de la conversación viene a encontrarse reducida, por esta vía, a mediatización (del sentido). Aunque el otrora denostado término “mediatización” (encarcelamiento) pareciera ahora recubrir cierta benevolencia, cuando se lo entiende como “programación mediática del sentido”, la transformación del significado no deja de encerrar (valga la redundancia) otra forma de reclusión, esta vez, en un enrejado algorítmico. Siguiendo la fórmula de Igarza hacia su segundo tramo, se advierte en efecto, que tal incremento de la programación informática del sentido adopta un sesgo abrumadoramente represivo, en cuanto estampa “la mediación de las interacciones”. Desde entonces, nadie podrá considerar las interacciones entre los individuos “naturalmente libres”, en cuanto “mediadas” de antemano, ni siquiera llegarían a ser enteramente fortuitas.

La tesis de Nicole D’Almeyda

Nicole D’Almeida ha señalado que el advenimiento de los medios interactivos ha deparado, junto con la “comunicación organizacional”, programada y orientada desde una multiplicidad de anclajes sociales, cierta “sociedad del enjuiciamiento”. Es decir, una sensibilidad de la mediación que no se subordina al “principio único e indivisible del poder” tal como lo supone la soberanía -de índole teológica en su trasfondo histórico-, sino que lo disemina en una multiplicidad de estrategias corporativas (empresariales, partidarias, educativas, etc.), capaz cada una de establecer, por su lado, un “quienes somos”, una “misión” y un “plan de actividades” amén de un “contacto”.

“Con la finalidad de definir conjuntamente reputación y diputación, retendremos tres puntos pertinentes que conciernen a los aspectos siguientes: la soberanía de la postura, la naturaleza de la misión y la identidad política y narrativa subyacente (trad. R.Viscardi)”9.

Se advierte, en la expresión de D’Almeyda, que la “soberanía de la postura” corresponde al individuo enunciador. Habilitado tecnológicamente en tanto que gestor, ya no sólo de la recepción, sino incluso de la emisión de mensajes en “red social” (valga la denominación usual de los “nuevos medios”), el individuo adquiere una soberanía que antes delegaba (en los “medios públicos”) o contemplaba (ante “empresas de comunicación”). Pasa entonces a ejercer una habilitación democrática (ciberdemocracia).

Cabe vincular la “naturaleza de la misión” que, según D’Almeyda se atribuye a sí mismo un enunciador soberano, al contexto social y político que le es propio a cada uno. No debiera entonces sorprender, que las miras de un gobierno central o el modus vivendi partidario resulten, a los ojos de una mayoría diferenciada entre sí y diferenciadora ante otros; frecuentemente ajenos, distantes y eventualmente repudiables. Menos debiera extrañar, que el estilo adoptado por un emisor individual no trasunte cierto “respeto por las instituciones” (tomemos por caso, la “fuerza pública”), cuyo control y eventual represión sufre personalmente.

En cuanto a la “identidad política y narrativa subyacente”, conviene recordar, con Benveniste,10 que la comunicación sólo es posible por la equivocidad. Es decir, aquello que proviene como auténtica novedad desde otro, supone la generosidad de admitir que nos es relativamente, e incluso sumamente, ajeno. Sorprende por lo tanto, sobre todo cuando proviene desde una perspectiva supuestamente democrática, la condena de las “redes sociales” (es decir, del efecto comunitario de los “nuevos medios” habilitados por la tecnología), que cunde con insistencia desde las instituciones públicas y los medios masivos de comunicación. Cuando la sociedad se entiende como comunicación, tal como la extiende la tecnología, incluso a través de la educación on-line”, conviene ante tantos Savonarola de las redes, recordarles: “de tu fábula, narrador”.

 

1Sabine, H. (1992). Historia de la Teoría Política. México: Fondo de Cultura Económica, p. 11.

2Ver al respecto: "Notre Histoire”, SciencePo. Recuperado de: https://www.sciencespo.fr/fr/a-propos/notre-histoire/

3Capparelli, S. “La construcción del campo de la comunicación en Brasil” en Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (edit.), Comunicación y Universidad, (2003), Uruguay: UdelaR, pp, 23-24.

4Caminal, M. (edit.) (1996). Manual de Ciencia Política. Madrid: Tos, p. 17. El texto de Caminal remite, asimismo, a una cita de G. Sartori. Recuperado de: https://www2.congreso.gob.pe/sicr/cendocbib/con4_uibd.nsf/EA92F899347EA46605257FD4005544D6/$FILE/Manual_de_Ciencia_politica-caminal_badia.pdf

5Ver al respecto: Sierra, F. (Coord.) (2016). Capitalismo cognitivo y economía social del conocimiento. Quito: CIESPAL.

6 Ver al respecto: Viscardi, R. “Contención de Covid-19 en el Uruguay: un desplazamiento significativo del contexto universitario” en Academia (des)acelerada, Calvo, D.; Llorca-Abad, G.; Cano-Orón, L., Cabrera, Daniel, H. (Coord.) (2022) InCom-UAB Publicacions, 25, Universitat Autònoma de Barcelona, pp. 191-198.

7Conviene recordar que la entropía es el sello de identidad de la transmisión de la información por artefactos, tanto para Shannon como para Flusser. Ver al respecto: Flusser, V. (2015). El universo de las imágenes técnicas. Buenos Aires: Caja Negra, p. 180.

8Igarza, R. (2008). Nuevos medios. Buenos Aires: La Crujía, p. 135.

9D’Almeyda, N: La société du jugement, 2007, Armand Colin, p. 122.

10Benveniste, E. (1977). Problemas de lingüística general II. México: Siglo XXI, pp. 104-105. Recuperado de: https://www.academia.edu/22618697/Benveniste_Emile_Problemas_De_Linguistica_General_2